sábado, 8 de octubre de 2016

¿Quién teme al Ulises de Joyce?




Una aproximación al Ulises
por
M.ª Dolores Fernández Guerrero


Quiero reseñar que el 21 de junio de 2015 acabé de leer Ulises de James Joyce. Ha sido una tarea ardua que ha durado varios meses pero que, finalmente, he culminado con éxito.
Y me siento especialmente satisfecha, teniendo en cuenta que he conseguido desentrañar una buena porción de su literalidad, gracias a mi edición comentada de la editorial Cátedra, con traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüéns. Las aportaciones del gran especialista en la obra de Joyce, Eduardo Lago, han resultado también muy valiosas para aproximarme a la obra del escritor irlandés. No obstante, comprendo que serían necesarias sucesivas lecturas y la tutela de la abundante bibliografía especializada para poder llegar a descifrar solo algunos de los muchos misterios que todavía residen entre sus páginas. De momento no deseo convertirme en una Penélope errante, usurpadora del rol de Ulises, el viajero intemporal por excelencia. No me seduce la idea de vagar sin rumbo entre legajos y volúmenes de comentarios contradictorios, historicistas, helenísticos, elegíacos, imaginativos, surrealistas, freudianos, hiperrealistas, academicistas, moralistas y demagógicos que en más de una ocasión harían levantarse de la tumba al mismísimo James. Demasiados Escilas y Caribdis se me presentarían a cada paso, y no estoy yo por crear epopeyas hermenéuticas condenadas al más irremediable fracaso.
Desde esta perspectiva ofreceré mi propia versión de los hechos. Mi lectura, como he dicho antes, no ha sido una aventura solitaria, sino que he contado con la asistencia y amparo de conocedores indiscutibles de la obra joyceana. No obstante, todo lo que comente a continuación es responsabilidad exclusivamente mía, porque así es como yo entiendo el Ulises de Joyce.
Para comenzar, quiero apuntar que el binomio novela extensa + abstrusa siempre es disuasorio para cualquier lector. Es algo que debe comprenderse. Bajo esta premisa se estructura la reseña, en un intento por determinar y comprender los aspectos más relevantes que dificultan su interpretación.
El Ulises, la antinovela
En primer lugar, el Ulises no es una novela al uso. El tiempo narrativo es dilatadísimo, puesto que la historia transcurre en un solo día, el 16 de junio de 1904. Durante ese intervalo Joyce muestra el recorrido de su protagonista, Leopold Bloom, por la ciudad de Dublín. Por esta razón, en muchos lugares definen el Ulises como la crónica de su protagonista. Yo diría que solo se puede entender así tras hacer un ejercicio de simplificación radical en el que se prescinda de toda su riqueza formal y de significados. Por tanto, esa definición no me parece precisa y no me convence.
Yo diría que el Ulises... (seguir leyendo)

 - Ilustración artículo: Jamesjoyce tuohy-ohne, By Ori~ (own after File:Jamesjoyce tuohy.jpg) [Public domain], via Wikimedia Commons.
- Artículo publicado en Revista Almiar, n.º 88, septiembre-octubre de 2016.

My way. (A mi manera)




poemas por
Pilar Gorricho del Castillo


A menudo imagino
que vivo en una casa
en las abruptas faldas de una montaña.
De abetos repleta,
que al abrir las ventanas
lavan mis marchitos pulmones
con su savia.
Y nieva en invierno, y en primavera
las amapolas me sueñan
rojas como esta sangre infecta.
La pradera al fondo,
en una misericordia del infinito
con sus lunares de margaritas.
Dentro el calor,
todo este calor naciente de estas manos
que no saben dónde gestar
esa familia que siempre quise.
Quise muchos hijos
para poner con ellos un abeto en navidad,
lleno de bolas y espumillones y muchas luces,
miles de luces alumbrando este cansancio.
La chimenea al fondo como una canción
crepitando cuentos con finales felices.
Esos hijos míos,
no morían en este sueño.
Se hacían juncos abiertos al sol,
que nada ni nadie quebraba.
Los hijos de mis hijos venían a verme
y con sus lenguas recién estrenadas
me llamaban abuela.
Yo les preparaba galletas en el horno.
Y juntos veíamos caer la nieve
atascando nuestra puerta, esa puerta
abierta siempre al regocijo.
Cada uno vive como puede.
Yo
me cambio de traje para otro baile
cuando el maldito griterío de mis guerras
coloniza mi mente.
Necesito que siga la danza
y siempre la misma balada de Sinatra.
A mi manera.
Entonces lloro y sé que existo.

                                                                                            (seguir leyendo...)



Ilustración poemas: Paolo Monti – Serie fotografica (Italia, 1978), [CC BY-SA 4.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], via Wikimedia Commons.
       - Publicado en Revista Almiar, n.º 88 - septiembre-octubre de 2016.

Fitoplancton




por
Héctor Prahim


Dejaron atrás los balnearios y sus médanos. Bajaron con el Volkswagen Polo a la playa cuando comenzaba a oscurecer. Estacionaron frente a las olas.
—Hay que probar —dijo Pablo, le acarició el bretel del corpiño, estaba seguro de que podía desprenderlo con una mano—, si duele paro. 
Gaby se recostó en el asiento, apoyó los pies desnudos sobre el parabrisas empañado.  
—Me da miedo —dijo.
—¿Miedo a qué?
—No sé, que duela —un repentino calor subió por sus mejillas. Sus ojos, grandes y vivos, recorrieron las piernas hasta las uñas sin pintar de los pies. Se acomodó la pollera, y agregó—: aparte no me gusta.
—Si nunca probamos, ¿cómo sabés que no te gusta?
—Por lo que me contaron.
—¿Y qué te contaron? —Pablo estuvo a punto de decirle que se dejara de estupideces, que le quedaba mal el papel de puritana.
—Eso, que duele. Poné música.
Pablo presionó el botón del estéreo. Pasaban anuncios de carnicerías y rotiserías locales, y luego interferencias. Dejó encendido pero sin volumen. Bajó un poco la ventanilla, respiró aire marino. Observó el destello lejano de la ciudad.
Habían estado separados largo tiempo. Uno de los detonantes fue la tarde en que Pablo se quedó jugando al fútbol en la computadora y Gaby fue a la óptica a retirar sus lentes de sol. En el camino se cruzó con la tía Roberta, la tomó del brazo, y la llevó a ver vidrieras y a comentar lo desvergonzado que había sido en vida el tío Armando. Después de retirar los lentes, Gaby la invitó a tomar mate. Al abrir la puerta del departamento vieron cómo Pablo se  masturbaba frente a la computadora. La tía Roberta dejó caer las bolsas y se sostuvo de la pared. Gaby alcanzó a taparle los ojos, le gritó a Pablo, pero éste tenía los auriculares puestos.
La tía Roberta juró y perjuró no abrir la boca, pero alguien les contó a los primos, los primos hablaron delante de los sobrinos, los sobrinos se lo dijeron una tarde de lluvia a la madre de Gaby en un pelotero de McDonald’s.
—Hay mucho viento, subí la ventanilla —dijo Gaby, hizo a un lado su larga cabellera caoba y la dejó caer por delante del hombro, la acarició como a un animal dormido. Se sintió incómoda pero excitada a la vez.
Tras la separación, se había anotado en pilates. Sólo fue siete veces. Luego se metió en un curso intensivo de DJ, y hasta llegó a tocar en el cumpleaños de un familiar. Más tarde contactó a Federico, su primer novio. Federico la había llevado a comer a un lugar llamado Pamplona, donde degustaron paella y cenaron tapas. Él habló de la falta de legislación del reciclado, de toneladas y toneladas de gabinetes cpu, de teclados y teléfonos celulares desechados para siempre. Con el postre, explicó cómo las empresas extraían el plomo, el mercurio, el amianto, el arsénico y el cobre para volver a hacer estos aparatos. Con el café, habló de las cavas a cielo abierto que hacían migrar a los pájaros, de la fosforescencia de las aguas con cianuro, y habló y habló, y Gaby tuvo la certeza de haber retomado la relación en el punto ecuatorial justo donde la había dejado. Luego fueron a un hotel de ruta, donde Federico, después del sexo, le... (seguir leyendo)

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©
(En Revista Almiar, n.º 87, julio-agosto de 2016)

Un brindis por los vivos






por
Sergio Manganelli


Con esta copa única
transparente y vacía
brindo por la tristeza
que es un modo discreto
de brindar por la vida.
(Mario Benedetti)


Hoy decidí arriar tempranamente las velas de este año, replegarme en un brindis clandestino, solitario, desprovisto de gente en el acto propio de levantar la copa, pero poblado de rastros y de historias, al teclear las palabras que sin duda me haría feliz pronunciar, si la ocasión mediara y mi pasmosa timidez no lo impidiera.
Antes del entrechoque imaginario de cristales, con alguna compañía anhelada o añorada y la consumación del primer sorbo, creo prudente —aunque innecesario— aclarar, para algún distraído lector nacional, que al cumplir este ritual, de ofrecer buenos deseos por los vivos, no me refiero en modo alguno a los campeones de la piolada, ni a los pequeños corsarios de estos tiempos, con sus ultra alta gama y sus enjuagues panameños. Menos aún los que ya tienen asignado camarote en el crucero de Noé. No festejo ni auguro nada a pobres mezquindades, a conquistas bursátiles, ni a improvisados politiqueros de la tajada propia. Ni hablar, de a los turros que atragantan sus alforjas, sobre dos mil doscientos millones de tragedias y ya vienen por postre.
Tampoco al emotivo populismo de lobos elitistas, con pelaje de becerros conservadores, rumiando en las pasturas de las mismas fuerzas regresivas que encharcaron el pasado y nos han fumado el porvenir.
No es la pillería, o la supervivencia a faca, ni el disfrute a lo Pirro sobre la igualdad en llamas. No hablamos de avivados, sino vivos.
Tampoco a los pícaros de poca monta, que diariamente nos asombran con su narcisismo bobo y su ingenio para joderle la vida a los pares: colándose en la fila del banco, escamoteando un vuelto; traicionando en la fe; mordiendo por migajas la inocencia de algún desprevenido. Cosechando prebendas de la maceta ajena.
O tomando de autódromo las... (seguir leyendo)

 
 Ilustración relato: Fotografía por taniadimas / Pixabay [CCO dominio público]
(Revista Almiar, n.º 87, julio-agosto de 2016)