jueves, 28 de abril de 2016

Keep Calm & Breathe



por
Maren Navarro

—Dejar de respirar es crucial para estos casos —dijo en voz alta el desconocido que estaba sentado a mi lado—. ¿Sabía usted que durante un episodio de hiperventilación lo que necesitamos es reducir al máximo el oxigeno?
—No lo sabía —le contesté un tanto desconcertada por la intromisión de mi acompañante de vuelo.
—Soy médico —dijo mostrándome la bolsa de papel que tenía entre las manos—. Todo el mundo sabe que tiene que respirar aquí dentro, pero pocas personas entienden el porqué.
—Pues yo soy una de esas pocas —le dije mientras sacaba un libro de mi mochila.
—La explicación es un desequilibrio entre el oxigeno y el dióxido de carbono —continuó sin dar muestras de entender que yo prefería leer—. El cuerpo sabe qué hacer, pero la cabeza siempre va por libre —comentó tocando con el dedo índice su sien.
Yo esperaba que no fuera de esos pasajeros que aprovechan cualquier oportunidad para... (leer +)

 Ilustración relato: Fotografía por Alchemilla / Pixabay [CCO dominio público]

Sandra Cornejo: sus respuestas y poemas



entrevista por
Rolando Revagliatti



Sandra Cornejo nació el 14 de abril de 1962 en La Plata, donde reside, capital de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es Periodista y Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata. Obtuvo la diplomatura en el Posgrado de Lectura, Escritura y Educación (FLACSO: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Actualmente se desempeña en el equipo de la Dirección de Promoción Literaria de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires. Obtuvo premios y menciones bonaerenses y nacionales. Con notas culturales colabora en el diario El Día, de La Plata, entre otros. Es la responsable de www.eltuertorey.com.ar. Publicó los poemariosBorradores (Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores; 1989), Ildikó (contratapa de Horacio Castillo, 1998), Sin suelo(contratapa de Diamela Eltit, 2001), Partes del mundo (contratapa de Hugo Mujica, 2005), Todo lo perdido reaparece (con prólogo de Mario Goloboff, 2012), Bajo los ríos del cielo (contratapa de María Teresa Andruetto, 2014). Ha sido incluida, entre otras, en las antologías Poetas argentinas (1961-1980)Antología de poetas argentinos II (Free Verse Website 2009, Irlanda), El verso toma la palabra (México, 2010) y Poesía de pensamiento. Una antología de poesía argentina (España, 2015).


1 — «Tuve la suerte de crecer entre Chubut, Catamarca, Mendoza, Córdoba y otra vez Chubut».

SC — Mis padres vienen de familias de mucho esfuerzo: abuelos campesinos en Perú, abuelo herrero y abuela profesora de piano aquí. Papá llegó a estudiar Ingeniería desde Lima, Perú, y mamá Medicina desde Saladillo, provincia de Buenos Aires. Para ellos implicaba un logro increíble recibirse. Se encontraron, y apenas se recibieron, aceptaron el primer lugar que les diera un trabajo. Esto fue en el dique Florentino Ameghino, en la provincia de Chubut, en una época en la que residir en el sur era muy duro. A partir de ese tiempo se trasladaban según lo requería la empresa de papá, Agua y Energía Eléctrica. Fuimos una familia un poco gitana, de mudanzas y baúles. Íbamos allí donde se iniciaba una represa hidráulica o había que concluir una obra. Así, pude transitar por un país que me modeló desde sus entrañas, desde la grandeza de la gente del interior. Es muy diferente crecer en Las Pirquitas, en San Rafael o en Esquel respecto de alguna capital grande. En las pequeñas localidades abunda la magia. En La Plata nací «casualmente» (digamos que en La Plata sólo aconteció el parto de mi mamá, donde perdimos a mi mellizo). Nunca fui urbana. Tengo una cosmovisión de montaña, de paisaje, de lago y río. Ya son muchos y largos los años de vida aquí, pero siento que lo que funda es lo que prevalece. A la ciudad le debo mi hijo. A la ciudad le debo la puerta hacia el amplio mundo. Pero tuve la suerte de crecer... (leer +)

(NOTAS: Este artículo incluye, además, varios poemas seleccionados por Sandra Cornejo | Ilustración: Fotografía remitida por el autor de la entrevista, ©)

Cumpleaños para elegir



por

Gustavo Catalán Fernández



El del marqués Vargas Llosa, por todo lo alto y un atracón para los medios. Sin embargo, no habría  escrito una sola línea a ese respecto de no ser por otro que  tuve  ocasión  de escuchar a los pocos días. El excelentísimo Don Mario —tratamiento oportuno con independencia de su calidad literaria— ha encontrado por fin el amor con nombre y apellido, según proclamó él mismo en el brindis. Tras el de su tía y después su prima. Le felicito desde aquí, y es que de algo había de servirle su fama en tratándose de Isabel Preysler que, tras Julio Iglesias, el marqués de Griñón y Boyer, no parece plausible que pusiera los ojos en el jardinero, por un decir... (leer más)

* Ilustración artículo: Vargas Llosa (2011), By Arild Vågen (Own work), via Wikimedia Commons.

martes, 2 de febrero de 2016

El hombre que no hacía nada



por
José Manuel Mariscal



Era una mañana como otra cualquiera. Me había levantado temprano para ir a trabajar. Siempre me levantaba unos quince minutos antes que Rubén. Me dirigía a la cocina y, aún con los ojos entrecerrados me preparaba un café bien cargado que me despertara y un buen par de tostadas con mantequilla y mermelada. Mientras devoraba con gusto mi desayuno Rubén se levantaba y se metía en el baño a acicalarse. Él tenía por costumbre no desayunar. No sé cómo una persona puede ser capaz de no desayunar. Yo soy incapaz de salir de casa sin meterme algo en el estómago.
Rubén se tomaba su tiempo en el baño. Luego dicen de las mujeres. Medio en broma, medio en serio siempre le decía que tardaba tanto porque se sentaba a hacer sus necesidades y se quedaba dormido. Él lo negaba, pero una sonrisa nerviosa y un leve enrojecimiento de su rostro me indicaban que, si bien no le ocurría todos los días, alguna vez le había pasado.
Rubén tardaba tanto que a mí me daba tiempo a vestirme y aún tenía que esperar unos minutos. A veces, mientras esperaba, ponía la televisión y veía dibujos animados. Otras veces, si no hacía demasiado frío, me asomaba a la terraza a ver la calle. Siempre me ha gustado ver la calle totalmente vacía, tanto a primera hora de la mañana como en plena madrugada.
Aquella mañana me asomé a la terraza para hacer tiempo.
Nuestra terraza daba a una pequeña plaza, en la que unos cuantos bancos rodeaban toboganes, balancines y demás juegos para los niños. Durante la tarde era habitual escuchar los gritos de los niños mientras jugaban allí, sobre el suelo acolchado, especialmente preparado para ellos, mientras sus madres se sentaban en los bancos y conversaban de sus cosas. Yo a veces me imaginaba entre ellas en el futuro, pero aún no era el momento.
Normalmente, a las seis y media de la mañana, la plaza estaba desierta, pero aquella mañana no. En uno de los bancos había un hombre. Si me pidieran que diera una descripción de aquel hombre no creo que sirviera de mucho. Nada en su aspecto llamaba la atención. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo. Ni demasiado gordo, ni demasiado delgado. Tenía el pelo negro, corto, sin lucir ningún peinado llamativo. Nada en su aspecto llamaba la atención. Nadie se daría la vuelta en la calle para mirarle.
Rubén salió del baño dejándolo por fin libre. Recogió sus cosas, me dio un beso de despedida y se marchó. Entonces entré yo en el baño y terminé de prepararme para ir a trabajar. Al salir por el portal pude ver a aquel hombre de nuevo, que permanecía allí sentado mirando al vacío. 
Cuando regresé a casa serían las siete de la tarde. Llegaba siempre antes que Rubén, éste llegaría una hora más tarde aproximadamente. Decidí tomar algo para merendar y, tras ponerme un chándal y las zapatillas para estar más cómoda, me preparé un café y me dispuse a tomármelo con un pequeño trozo de tarta de manzana que tenía en el frigorífico. Como hacía buen día decidí merendar en la terraza. Así vería llegar a Rubén. Cuando me senté allí, con un agradable aire fresco como compañía, ya podía ver a los niños jugando en la pequeña plaza como cada tarde, y a sus madres charlando sentadas en los bancos. Entonces observé que el hombre al que había visto allí sentado aquella mañana permanecía allí... (seguir leyendo)

Ilustración relato: Caballos, por speedx / Pixabay [dominio público].

Confesiones a una violinista



por
Leonardo Moreno




A Jennifer Santacruz


Para unos pocos, un grupo selecto, un conjunto de privilegiados que comprendemos la sublimidad del fútbol, la final de la Champions es una especie de navidad, ramadán o año nuevo chino. Las amas de casa o los intelectuales (que ciertamente no tienen mayor diferencia) han de saber que es un torneo de clubes, internacional, europeo para ser más exactos. En esta ocasión jugaban los blue, un equipo de mediana categoría comprado recientemente por un multimillonario ruso. Cuatro años antes también jugaron la final —la primera hasta ese momento— y la perdieron frente a los diablos rojos. Su rival era la demoledora alemana y, por ende, se encontraban muy lejos de ser favoritos, ¡pero vaya usted háblele de favoritismos a un aficionado!
—La cuestión es si te empeñas en recordarlo o lo olvidas.
En el Instituto había un buen ambiente. Hablábamos hasta la extenuación del partido, del marfileño, de las estadísticas; hacíamos apuestas.
—Lo peor fue que escogieras a Zapata. No sólo era el pobre, el débil del grupo, sino también el más aficionado. «Esta vez sí la ganaremos», repitió toda la semana. ¡Debiste verle los ojos. El rostro de ilusión!
«¿Qué vas a hacer el sábado?», le escuché una vez a Escobar. Allí me surgió la idea. «No sé, de pronto vaya al zoológico», respondió Zapata. Caminé hasta el grupo y dije en voz alta, para que todos escucharan: «Te pago veinte mil pesos si no te ves el partido». Se escucharon gritos y aplausos, pero creo que aún no habían entendido. Yo estaba de pie y ellos sentados. Los miraba expectante. «Bueno, cincuenta», dije. «Te pago cincuenta mil pesos si no te ves el partido. Te quedás conmigo en cualquier parte. No podés ver ni escuchar nada. Cuando se termine, te pago y te vas. Te lo ves luego en tu casa si querés». Hubo un silencio momentáneo. «Yo me le mido de una», dijo Afanador. «No, con vos no me interesa», respondí enseguida. «Tiene que ser Zapata. Tiene que ser un buen hincha y de los blue». «¿Por qué de los blue?», preguntó alguien. «Porque no van a volver a una final», sentencié. Zapata dijo algo, un insulto sin convicción y se apartó del grupo.
Lo encontré el día siguiente, solo. Me saludó amable. «Cincuenta lucas parcero», dije. No se acordaba de nada; tardó un momento en entender. Hice algunas cuentas rápidas. «Si una persona, tu mamá, tu papá, cualquiera, se gana veinte mil pesos diarios, te estoy ofreciendo, regalando, dos días y medio de trabajo». Zapata me miró con una sonrisa cómplice. «Usted está muy loco huevón. Yo no me quiero perder el partidito». «Cien mil pesos», dije. «Si tuviera más te los daría, pero no tengo. Tómalo como un favor».
—¿Qué clase de favor?
—Era un experimento. ¿Viste la película? ¡Un millón de dólares por una noche con tu esposa! Pero eso es prostitución y ya está inventado. Además está de por medio el cuerpo: algo físico, tangible. Hay alguien que compra y alguien que vende un servicio. El comprador se lleva una satisfacción: el placer del sexo. Pero acá no compraba nada, no ganaba nada. 
Me dijo que lo pensaría. Esa misma tarde fue a... (seguir leyendo)


Ilustración relato: Aachen, Tivoli, Eckfahne, By Carolus Ludovicus (eigenes/own Photo) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.