sábado, 8 de octubre de 2016

Fitoplancton




por
Héctor Prahim


Dejaron atrás los balnearios y sus médanos. Bajaron con el Volkswagen Polo a la playa cuando comenzaba a oscurecer. Estacionaron frente a las olas.
—Hay que probar —dijo Pablo, le acarició el bretel del corpiño, estaba seguro de que podía desprenderlo con una mano—, si duele paro. 
Gaby se recostó en el asiento, apoyó los pies desnudos sobre el parabrisas empañado.  
—Me da miedo —dijo.
—¿Miedo a qué?
—No sé, que duela —un repentino calor subió por sus mejillas. Sus ojos, grandes y vivos, recorrieron las piernas hasta las uñas sin pintar de los pies. Se acomodó la pollera, y agregó—: aparte no me gusta.
—Si nunca probamos, ¿cómo sabés que no te gusta?
—Por lo que me contaron.
—¿Y qué te contaron? —Pablo estuvo a punto de decirle que se dejara de estupideces, que le quedaba mal el papel de puritana.
—Eso, que duele. Poné música.
Pablo presionó el botón del estéreo. Pasaban anuncios de carnicerías y rotiserías locales, y luego interferencias. Dejó encendido pero sin volumen. Bajó un poco la ventanilla, respiró aire marino. Observó el destello lejano de la ciudad.
Habían estado separados largo tiempo. Uno de los detonantes fue la tarde en que Pablo se quedó jugando al fútbol en la computadora y Gaby fue a la óptica a retirar sus lentes de sol. En el camino se cruzó con la tía Roberta, la tomó del brazo, y la llevó a ver vidrieras y a comentar lo desvergonzado que había sido en vida el tío Armando. Después de retirar los lentes, Gaby la invitó a tomar mate. Al abrir la puerta del departamento vieron cómo Pablo se  masturbaba frente a la computadora. La tía Roberta dejó caer las bolsas y se sostuvo de la pared. Gaby alcanzó a taparle los ojos, le gritó a Pablo, pero éste tenía los auriculares puestos.
La tía Roberta juró y perjuró no abrir la boca, pero alguien les contó a los primos, los primos hablaron delante de los sobrinos, los sobrinos se lo dijeron una tarde de lluvia a la madre de Gaby en un pelotero de McDonald’s.
—Hay mucho viento, subí la ventanilla —dijo Gaby, hizo a un lado su larga cabellera caoba y la dejó caer por delante del hombro, la acarició como a un animal dormido. Se sintió incómoda pero excitada a la vez.
Tras la separación, se había anotado en pilates. Sólo fue siete veces. Luego se metió en un curso intensivo de DJ, y hasta llegó a tocar en el cumpleaños de un familiar. Más tarde contactó a Federico, su primer novio. Federico la había llevado a comer a un lugar llamado Pamplona, donde degustaron paella y cenaron tapas. Él habló de la falta de legislación del reciclado, de toneladas y toneladas de gabinetes cpu, de teclados y teléfonos celulares desechados para siempre. Con el postre, explicó cómo las empresas extraían el plomo, el mercurio, el amianto, el arsénico y el cobre para volver a hacer estos aparatos. Con el café, habló de las cavas a cielo abierto que hacían migrar a los pájaros, de la fosforescencia de las aguas con cianuro, y habló y habló, y Gaby tuvo la certeza de haber retomado la relación en el punto ecuatorial justo donde la había dejado. Luego fueron a un hotel de ruta, donde Federico, después del sexo, le... (seguir leyendo)

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©
(En Revista Almiar, n.º 87, julio-agosto de 2016)

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