martes, 2 de febrero de 2016

El hombre que no hacía nada



por
José Manuel Mariscal



Era una mañana como otra cualquiera. Me había levantado temprano para ir a trabajar. Siempre me levantaba unos quince minutos antes que Rubén. Me dirigía a la cocina y, aún con los ojos entrecerrados me preparaba un café bien cargado que me despertara y un buen par de tostadas con mantequilla y mermelada. Mientras devoraba con gusto mi desayuno Rubén se levantaba y se metía en el baño a acicalarse. Él tenía por costumbre no desayunar. No sé cómo una persona puede ser capaz de no desayunar. Yo soy incapaz de salir de casa sin meterme algo en el estómago.
Rubén se tomaba su tiempo en el baño. Luego dicen de las mujeres. Medio en broma, medio en serio siempre le decía que tardaba tanto porque se sentaba a hacer sus necesidades y se quedaba dormido. Él lo negaba, pero una sonrisa nerviosa y un leve enrojecimiento de su rostro me indicaban que, si bien no le ocurría todos los días, alguna vez le había pasado.
Rubén tardaba tanto que a mí me daba tiempo a vestirme y aún tenía que esperar unos minutos. A veces, mientras esperaba, ponía la televisión y veía dibujos animados. Otras veces, si no hacía demasiado frío, me asomaba a la terraza a ver la calle. Siempre me ha gustado ver la calle totalmente vacía, tanto a primera hora de la mañana como en plena madrugada.
Aquella mañana me asomé a la terraza para hacer tiempo.
Nuestra terraza daba a una pequeña plaza, en la que unos cuantos bancos rodeaban toboganes, balancines y demás juegos para los niños. Durante la tarde era habitual escuchar los gritos de los niños mientras jugaban allí, sobre el suelo acolchado, especialmente preparado para ellos, mientras sus madres se sentaban en los bancos y conversaban de sus cosas. Yo a veces me imaginaba entre ellas en el futuro, pero aún no era el momento.
Normalmente, a las seis y media de la mañana, la plaza estaba desierta, pero aquella mañana no. En uno de los bancos había un hombre. Si me pidieran que diera una descripción de aquel hombre no creo que sirviera de mucho. Nada en su aspecto llamaba la atención. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo. Ni demasiado gordo, ni demasiado delgado. Tenía el pelo negro, corto, sin lucir ningún peinado llamativo. Nada en su aspecto llamaba la atención. Nadie se daría la vuelta en la calle para mirarle.
Rubén salió del baño dejándolo por fin libre. Recogió sus cosas, me dio un beso de despedida y se marchó. Entonces entré yo en el baño y terminé de prepararme para ir a trabajar. Al salir por el portal pude ver a aquel hombre de nuevo, que permanecía allí sentado mirando al vacío. 
Cuando regresé a casa serían las siete de la tarde. Llegaba siempre antes que Rubén, éste llegaría una hora más tarde aproximadamente. Decidí tomar algo para merendar y, tras ponerme un chándal y las zapatillas para estar más cómoda, me preparé un café y me dispuse a tomármelo con un pequeño trozo de tarta de manzana que tenía en el frigorífico. Como hacía buen día decidí merendar en la terraza. Así vería llegar a Rubén. Cuando me senté allí, con un agradable aire fresco como compañía, ya podía ver a los niños jugando en la pequeña plaza como cada tarde, y a sus madres charlando sentadas en los bancos. Entonces observé que el hombre al que había visto allí sentado aquella mañana permanecía allí... (seguir leyendo)

Ilustración relato: Caballos, por speedx / Pixabay [dominio público].

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