martes, 2 de febrero de 2016

Confesiones a una violinista



por
Leonardo Moreno




A Jennifer Santacruz


Para unos pocos, un grupo selecto, un conjunto de privilegiados que comprendemos la sublimidad del fútbol, la final de la Champions es una especie de navidad, ramadán o año nuevo chino. Las amas de casa o los intelectuales (que ciertamente no tienen mayor diferencia) han de saber que es un torneo de clubes, internacional, europeo para ser más exactos. En esta ocasión jugaban los blue, un equipo de mediana categoría comprado recientemente por un multimillonario ruso. Cuatro años antes también jugaron la final —la primera hasta ese momento— y la perdieron frente a los diablos rojos. Su rival era la demoledora alemana y, por ende, se encontraban muy lejos de ser favoritos, ¡pero vaya usted háblele de favoritismos a un aficionado!
—La cuestión es si te empeñas en recordarlo o lo olvidas.
En el Instituto había un buen ambiente. Hablábamos hasta la extenuación del partido, del marfileño, de las estadísticas; hacíamos apuestas.
—Lo peor fue que escogieras a Zapata. No sólo era el pobre, el débil del grupo, sino también el más aficionado. «Esta vez sí la ganaremos», repitió toda la semana. ¡Debiste verle los ojos. El rostro de ilusión!
«¿Qué vas a hacer el sábado?», le escuché una vez a Escobar. Allí me surgió la idea. «No sé, de pronto vaya al zoológico», respondió Zapata. Caminé hasta el grupo y dije en voz alta, para que todos escucharan: «Te pago veinte mil pesos si no te ves el partido». Se escucharon gritos y aplausos, pero creo que aún no habían entendido. Yo estaba de pie y ellos sentados. Los miraba expectante. «Bueno, cincuenta», dije. «Te pago cincuenta mil pesos si no te ves el partido. Te quedás conmigo en cualquier parte. No podés ver ni escuchar nada. Cuando se termine, te pago y te vas. Te lo ves luego en tu casa si querés». Hubo un silencio momentáneo. «Yo me le mido de una», dijo Afanador. «No, con vos no me interesa», respondí enseguida. «Tiene que ser Zapata. Tiene que ser un buen hincha y de los blue». «¿Por qué de los blue?», preguntó alguien. «Porque no van a volver a una final», sentencié. Zapata dijo algo, un insulto sin convicción y se apartó del grupo.
Lo encontré el día siguiente, solo. Me saludó amable. «Cincuenta lucas parcero», dije. No se acordaba de nada; tardó un momento en entender. Hice algunas cuentas rápidas. «Si una persona, tu mamá, tu papá, cualquiera, se gana veinte mil pesos diarios, te estoy ofreciendo, regalando, dos días y medio de trabajo». Zapata me miró con una sonrisa cómplice. «Usted está muy loco huevón. Yo no me quiero perder el partidito». «Cien mil pesos», dije. «Si tuviera más te los daría, pero no tengo. Tómalo como un favor».
—¿Qué clase de favor?
—Era un experimento. ¿Viste la película? ¡Un millón de dólares por una noche con tu esposa! Pero eso es prostitución y ya está inventado. Además está de por medio el cuerpo: algo físico, tangible. Hay alguien que compra y alguien que vende un servicio. El comprador se lleva una satisfacción: el placer del sexo. Pero acá no compraba nada, no ganaba nada. 
Me dijo que lo pensaría. Esa misma tarde fue a... (seguir leyendo)


Ilustración relato: Aachen, Tivoli, Eckfahne, By Carolus Ludovicus (eigenes/own Photo) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.

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