viernes, 10 de enero de 2014

La vida es un engorroso camino hacia la muerte


relato por
David Bombai

Y resultó que los pizzeros tampoco conocían el secreto de la inmortalidad. Angelo cayó desplomado sobre una cuatro quesos, aderezando la esponjosa masa con su último estertor de muerte. Cuando llegaron los enfermeros poco más pudieron hacer que certificar su defunción y engullir la tropicana con piña que el buen hombre dejó a medio hornear, él que tanto había despotricado de tan aberrante sacrilegio culinario. Milton Brockbury apuró la lasaña de tres pisos con el ánimo subido, esperando que la casa invitara a una ronda en honor del difunto. No fue así. Sesenta dólares con cincuenta se llevó el finado a la tumba, más veinte de un chianti cuya botella remontaba hacia el Cielo, mientras hacia lo propio el bendito artesano.
Al llegar a casa, vacía desde que su mujer le abandonara y su hija se fugara con un ladrón experto en cajas fuertes, Brockbury pensó que el siguiente en caer sería él mismo. El horóscopo así lo anunciaba: «Piscis, morirás hoy». Poco importaba que al redactor le hubiera dado calabazas una muchacha pelirroja precisamente de ese acuático signo; Milton lo tomó al pie de la letra. «Tengo los minutos contados. ¡Qué digo los minutos! ¡Los nanosegundos!». Ocho horas después seguía pensando lo mismo, tras pasar la noche en vela aguardando el fatal desenlace. Se lavó los dientes creyendo que sería su último acto banal sobre la tierra, y desayunó convencido de que esa tostada recalentada sería la última que saborearía en vida. Diez días después, aún seguía imaginándose vestido con un traje de pino de un momento a otro.
La certeza de la muerte le dio ganas de explorar: arremolinó cuatro mudas y cinco camisetas en una bolsa de viaje arrugada y emprendió la marcha hacia el Ártico. Un amigo le había comentado que en esa época del año se estaba muy bien porque hacía fresquito. A sus cincuenta y ocho años una peligrosa aventura no le sentaría nada mal. Con lo puesto aterrizó en la Isla Kulusuk, siendo recibido por Lars Oolmue, un danés alto como un rascacielos visto desde abajo y ancho como un rascacielos visto de lado. Lars fue su chófer hasta el pequeño hotel que coronaba la isla, fabricado con madera danesa de barcos holandeses. Algún desalmado lo había pintado de azul para que pareciera una casa de subasta de pescado, por lo que se antojaba imposible que una persona cuerda pudiera conciliar el sueño en su interior. «Da igual, como esta noche ya estaré muerto, ¡qué más dará!». Brockbury tardó dos horas en deshacer su ridículo equipaje, no por abultado sino por indecisión a la hora de desperdigar sus pertenencias por toda la habitación. «Así la policía lo comprenderá todo cuando reviente la puerta y me encuentre estirado sobre la olorosa moqueta, boca abajo, con una botella de whisky a medio acabar y los pantalones por los tobillos». Cuando lo hubo dispuesto todo en desordenado orden, Milton bajó a cenar para encontrarse con Lars engullendo un filete de algo que no era vaca, ni toro, ni caballo, ni búfalo, ni cordero, ni cerdo. Quizás fueran los restos de una foca que el muy salvaje habría matado con sus propias manos. [seguir leyendo...]

* Ilustración cabecera: Polar bear clip art, By aitor_avila on the Open Clip Art Library [see page for license], via Wikimedia Commons.

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