domingo, 22 de diciembre de 2013

Alborada

por
 Carlos Aymí

La cortina blanca de seda comenzó a filtrar sobre el dormitorio el amanecer de un sábado primaveral que se preveía hermoso y lleno de luz. María, desvelada desde hacía un rato, se acurrucó junto al cuerpo desnudo que le daba la espalda y lo abrazó con fuerza. Abrió entonces los ojos, y comenzó a besar con suavidad el hombro tatuado de su compañera dormida. Poco después cesó en su mimo y se incorporó hasta apoyar la espalda contra el cabecero de la cama, mientras seguía contemplando deleitada, las voluptuosas curvas de su amante bajo la luz del alba. Decidió dejar dormir un rato más a aquel diablo que había puesto su vida patas arriba. Se estiró hasta la mesilla de noche y alcanzó el libro sobre la obra de Velázquez que andaba leyendo. No tardó en volver a dejarlo en el mismo sitio, pues fue incapaz de concentrarse ante la sensación que erizaba su piel, y prefirió fundirse dentro de ese estremecimiento mientras contemplaba sucesivamente a la alborada y a su compañera. 
Cuando unos treinta minutos más tarde la durmiente Lilith se desperezó, María todavía seguía transida de la placentera sensación que le embargaba de feliz armonía. Las cortinas, a esa altura de la mañana, retenían la suficiente claridad del Sol como para no tener que bajar la persiana subida hasta arriba, pero dejando al descubierto y sin sombras cada rincón del dormitorio, acogedor, cálido, amplio. La recién desvelada, incluso pudo apreciar el brillo de los ojos que destellaban de su esbelta pareja cuando... [seguir leyendo]

No hay comentarios: