lunes, 24 de octubre de 2011

La soledad de un veterano, por Carlos Montuenga




Año 306 D.C.
Una patrulla romana en los bosques de Retia, al sur del Danubio



LLUEVE OTRA VEZ. Los caballos deben estar agotados, se escurren en el fango y cabecean con nerviosismo. La niebla nos envuelve, apenas si alcanzo a ver el grupo de jinetes que marcha en cabeza tras eloficial. El lindero del bosque desaparece, oculto entre jirones de vapor. Se diría que nos vamos adentrando en una gran ciénaga. Ya está Septimio cantando a voz en grito; nada le gusta tanto como hacerse notar. Cuanto más llueve, más grita ese necio. El chapoteo monótono de los caballos parece marcar el ritmo a su tonadilla obscena; los hombres se ríen con sus ocurrencias y corean el estribillo. Yo termino por unirme a ellos, al menos eso me ayuda a olvidarme de esta maldita herida que me abrasa como el fuego. El camino es como un río de lodo que discurre entre muros de vegetación. Árboles a millares, troncos oscuros cubiertos de musgo, alzándose sobre la maleza hasta desaparecer en la niebla. Llueve con furia, no consigo ver cosa alguna que indique la proximidad del campamento. Tengo la sensación de que este aire turbio se lo va a tragar todo. Quizá las murallas ya no se eleven dominando la explanada; tal vez nosotros mismos ya sólo seamos sombras, y el campamento entero se haya desvanecido para siempre sin dejar rastro. Pero no, seguro que falta muy poco para volver a verlo, irguiéndose altivo entre la bruma. Sí, dentro de nada nos encontraremos por fin a cubierto, engullendo el rancho bajo la luz de los candiles; Nassia se acercará a nosotros, con el ánfora apoyada en la cadera, dispuesta a servirnos vino. Los hombres se sentirán alegres y reirán mientras cuentan sus chismes y sus historias feas sobre los jefes; luego habrá que limpiar las jabalinas enmohecidas por la humedad, extender grasa de jabalí sobre los arneses, envolver los escudos en fundas de cuero.
           Pero estos árboles no se acaban nunca, nos rodean por todos lados y, de cuando en cuando, extienden ramas deformes hacia nosotros, como si esperaran la ocasión oportuna para hacer presa en algún rezagado. Se cierran por encima del camino, formando un pórtico gigantesco. Desde esa cúpula de hojas que se pierde en lo alto, nuestra patrulla debe parecer una hilera de sabandijas que se arrastran por el barro. ¿Quién podría acostumbrarse a vivir en un lugarcomo éste? Todo es viscoso, turbio, un mundo de... [leer más]

1 comentario:

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