martes, 17 de mayo de 2011

Los límites del cacique


por
T. H. Merino


        Corría el año mil novecientos sesenta y seis. Concretamente el diez de agosto. Por sí mismo no lo recordaba. Era su madre quien en numerosas ocasiones, de forma casi obsesiva, le había citado esa fecha como crucial para la familia. Mencionaba esa fecha e inmediatamente toda ella se convertía en un temblor difícil de aplacar. La frecuencia de la evocación aumentó a raíz de la muerte por causas naturales del padre. Ella fue quien le había transmitido suficientes detalles de lo ocurrido, intencionadamente o no, que le habían situado en la difícil postura de decidir sobre la conveniencia de una venganza, de una lección proporcional a la gravedad de la ofensa. ¿Por qué se disponía en aquel momento a vengar la ofensa y no años atrás cuando ya podía considerarse un hombre con suficiente madurez y fortaleza física para cumplir el mandato? Pueden buscarse excusas, pero la verdadera razón suele ser difícil de encontrar.       
        Lo cierto es que Juan había dado el paso decisivo. Sentado en un campo yermo junto a su hermano Manuel rememoraba historias acaecidas cuarenta años atrás. Unas historias contaminadas sin duda por el paso del tiempo y por las versiones corregidas y deformadas por traición de la memoria o de las palabras. Sí recordaba, claramente, las difíciles condiciones de la partida, y los días que caminaron por carreteras y caminos polvorientos, los padres y los siete hermanos, seis varones y una hembra, sin nada que llevarse a la boca… bueno, algo encontraban por el camino, afortunadamente había árboles frutales y huertos con los que subrepticiamente llenar el estómago. Pero si era fiel a su relato de los hechos, era justo sustituir la palabra partida por la palabra huída. De eso exactamente se trató...
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