miércoles 24 de noviembre de 2010
Los punzantes espejos de Galeano, por Javier Claure
[...] —¿Por qué la realidad sigue tratando a las mujeres peor que a los tangos? Están allí esas figuras pintadas en los techos y las paredes de las cavernas: alces, bisontes, osos, caballos, águilas, mujeres y hombres. Pero... ¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos, pintar de tan delicada manera?, ¿cómo pudieron ellos, esos brutos que a mano limpia peleaban contra las bestias, crear figuras tan llenas de gracia? ¿Cómo pudieron ellos...? Ante tantas preguntas existe una alternativa: ¿O eran ellas?
Mientras las frases pronunciadas por Galeano, se traducían al sueco; el narrador miraba al público serenamente, tomaba un sorbo de agua o bien su mirada se perdía, un par de minutos, en los adornos del techo del anfiteatro universitario. Y continuaba:
—El mundo está compuesto de un montón de gente, es un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende [...].
(Sigue leyendo...)
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