sábado, 16 de octubre de 2010

Es 20 de julio..., por Claudio Rizo


Noto el calor de julio rozarme las mejillas. Se despereza el verano, con sus primeros rigores, y presiento que una multitud de hermanos ya me espera a las afueras del Santuario para hablarme de sus cosas. El murmullo exterior acude a mis oídos, como olas intermitentes de una playa, y un febril pálpito de emoción se apodera de mi cuerpo alertándome de que el Día ha llegado. Es 20 de julio. Madrugaré, acicalaré mi cuerpo —siempre fui algo coqueta y… resultona— y os abriré las puertas de mi Casa, para que el aire de la vida y la alegría del reencuentro inunde todas sus estancias...

Ya veo las primeras caras sonrientes, familias al completo que vienen para acompañarme en romería al pueblo como cada año. Os veo con cierta inquietud colocarme sobre las andas y emprender juntos el camino. El sol también se cuela, invitado eterno, con su luz templada de media tarde, mientras descendemos. Hacemos un descanso: estamos en la Casa Lino y me giráis 180 grados para contemplar, en una suerte de tiempo suspendido, la grandeza del Santuario donde habito. ¡Viva la Santa! ¡Viva Santamaría Magdalena! ¡Vivaaaaa!... Eleváis entonces mi nombre a los cielos en gestos agradecidos; aunque yo también, hacia mis adentros, sin que apenas lo notéis, susurro vuestros nombres y recupero para mí los dolores y las bendiciones que durante los años me habéis ido narrando.

Serpenteamos el descenso y descansamos las piernas en una amable casa de campo donde se apacigua el calor mediante el ofrecimiento de sangría a los romeros, y en el primer Molino, también parada habitual, mientras escuchamos pugnar en los cielos el sonido de los cohetes y de las tracas, o disfrutamos del lanzamiento jubiloso de globos con que alguna huerta nos recibe a nuestro paso. Ya en el Paseo de los Molinos... (leer más)

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