Un tren y una mujer. Así empezó todo. El tren, el de las nueve y media destino Chamartín. Dos locomotoras, una en cada extremo, capaces de arrastrar ocho coches de pasajeros a más de trescientos kilómetros por hora. Doscientos metros de butacas abatibles y giratorias, de pantallas de video y un insidioso aire acondicionado que alcanza recovecos de tu cuerpo que creías olvidados.
En cuanto a la mujer… ni siquiera sé si la hubo… realmente, quiero decir. Ensoñación o criatura celestial, de lo que no cabe duda es que fue su presencia la que coaguló la realidad del apeadero y le confirió una intensidad que, por contraste, convertía el resto del mundo en una copia al agua fuerte. Todo, desde el banco escarchado en el que no había forma de sentarse hasta el tablón acristalado que transformaba los horarios en un sudoku de solución incierta, todo, repito, adquiría en su presencia los tonos intensos de una miniatura.
Llevaba un abrigo largo y ceñido color vainilla. Su pelo era negro, sin recoger, una melena corta que tenía algo de masculina y le caía en flequillo sobre la frente. Pero era su mirada, la forma que tenía de envolverlo todo, la que ataba la realidad a su persona, como... (seguir leyendo)

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