domingo, 13 de junio de 2010

Entrevista a la escritora Laura Muñoz

Foto: Pedro Martínez
Escribir como uno
quiere hacerlo
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entrevista por Pedro M. Martínez

Mira siempre muy de frente. Los iris de Laura Muñoz frisan el color verde. Podría explicarles que son transparentes, pero no sería exacto; su mirada sí lo es, pero el color verde se oscurece o aclara dependiendo de la luz: a veces parece negro, otras esmeralda, en ocasiones caoba… Hemos quedado en la cafetería de un hotel de Madrid para hablar de su primera novela. Detrás de ella puedo ver cómo se alza el edificio de la Telefónica; curiosa coincidencia: la Gran Vía madrileña cumple cien años de historia y yo tengo entre las manos una novela que relata lo que ocurre durante cien días en el curso de un juego estremecedor. A Laura la conocí en los muros del Facebook, luego estuve en la presentación de _Score: 100 días —su debut literario— que se realizó en el Barrio de las Letras, de Madrid, con un éxito que para sí quisieran muchos autores ya consagrados en el Parnaso de las letras de esta ciudad, que crea y devora libros entre cámaras digitales y camareras posmodernas que acaban de hacer un Erasmus y saben lo difícil que lo van a tener en el futuro.

Charlamos un rato mientras pedimos un algo para tomar. Son las doce de la mañana y cuesta decidirse: demasiado tarde para un café, demasiado pronto para una cerveza, ¿un zumo, tal vez? No, que tienen mucho azúcar. Saco la grabadora y, como siempre, tardo unos minutos en conseguir que funcione, me prometo que algún día de estos leeré las instrucciones de uso. Hace algo de calor. El verano se echa encima. Laura me mira…
—¿Se puede disfrutar escribiendo una novela tan terrible como ésta? —tenía esta pregunta reservada para el final de la entrevista, pero algo me impulsa a hacerla ahora.
—Yo lo he hecho y te voy a explicar porqué. Me he divertido haciéndola aunque sea todo tétrico y feo, porque es una novela fea, no es una historia bonita; a lo mejor la palabra correcta es que he disfrutado porque yo con eso me he desahogado, es un poco de rabia interior también. No podría escribir una historia romántica.
—¿Cómo es eso de que proyectas la rabia tuya en la novela…?
—Escribí la novela sólo para mí, cuando escribo no pienso en nadie más. Solté todo lo malo, lo bueno me lo he guardado. Son experiencias personales, feas, que he tenido en mi vida y, bueno, he utilizado la escritura para volcarlas… a lo mejor no me daba por llorar, me daba por escribir, es una forma de terapia. Quizá yo he notado en algún momento de mi vida cómo me quemaba la garganta sin que me ocurriera, por supuesto, lo que le pasa a uno de los personajes de Score… Hay simbología, sí, pero la gente que no me conoce no va a pensar «pues mira esto significa, esto le pasó…». No me identifico con los personajes de la novela, es evidente que no he vivido las situaciones que describo, pero sí con muchas sensaciones que he experimentado.
—En el currículo que incluyes en el libro dices que eres «seguidora acérrima» de Quentin Tarantino, ¿no te parece que una declaración tan rotunda puede condicionar el desarrollo de la novela?
—Pensé en ponerlo o no, es cierto, incluso consulté con la editorial si les parecía una buena idea. Me he fijado mucho en Tarantino, en los guiones, en los diálogos, en esos movimientos en el tiempo que usa, que son geniales, pero pensamos que era una buena idea y no lo hicimos para atraer público, que lo puede parecer, pero es la verdad y, además, la cita puede ser mala para mí: alguien que lea la novela podría decir... (leer más)

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