jueves, 22 de octubre de 2009

Glow! The Show



por Pedro M. Martínez

      Un nuevo teatro, sorprendente y lúdico, acaba de llegar a Madrid. Glow! es una de esas obras que empiezan a circular de «boca a oreja» (me parece más acertada esta expresión que la del «boca a boca», que me recuerda más a un curso de socorrismo) hasta que consiguen convertirse en un referente para vivir la tarde-noche de este Madrid que a veces es tan pacato en ofrecer espectáculos que merezcan la pena.

      Habrá que analizar dentro de poco qué está pasando en Praga para comprender algo más de las propuestas renovadoras que desde dicha ciudad nos llegan. Pilobolus, una espléndida producción basada en la mejor tradición de la «linterna» de la capital checa, impresionó a los espectadores madrileños hace muy poco. Y, ahora, esta obra del director israelí Lior Kalfo corrobora la impresión de que algo notable para el arte escénico está ocurriendo en la ciudad que alberga el reloj astronómico construido por Jan Růže (hace más de quinientos años); el Puente de Carlos; un impresionante cementerio judío y un castillo en donde es posible rastrear la impronta de Kafka.

      Glow!, como la Becherovka —me van a permitir ustedes la comparación y que atribuya a este licor checo el género femenino—, está compuesto de numerosos ingredientes que forman un resultado exótico para el paladar. En la obra de Kalfo —cuyo proyecto corre a cargo del grupo de danza y percusión Mayumana, bien conocido en España— se dan cita el cómic, el cine, la música y, sobre todo, la cultura de masas (aquello que en algún momento se denominó massmedia) en una mezcla bien cuidada que da un resultado espectacular por la cuidada técnica y la impecable producción de una obra que toca imágenes que pertenecen, por derecho propio, al imaginario de los jóvenes y menos jóvenes de estos primeros años del siglo XXI.

      En Glow! brilla la imaginación y la creatividad. Y digo esto, en alusión al título, porque la luz del escenario donde se desarrolla la obra está configurada para que el contraste ilumine la estética que se propone: «bocadillos» del más puro «tebeo», monstruos, macro ciudades que parpadean en la noche, el rostro de un «hispano pobre» (¿se dice así?) que canta Guantanamera en el subway... En la obra, dicha estética se enmarca, a mi juicio, en otra más ambiciosa: ¿es posible que un espéctaculo teatral —sin efectos de una cámara de filmación, se entiende— pueda representar perspectivas desde diferentes ángulos?; Glow! lo consigue y de manera brillante. El trabajo de los «actores en negro» en esta tarea es impresionante.

      Glow!, de otro lado, no es una historia nueva. Es la misma de siempre: chico quiere a chica, un tercero —el malo— también la quiere (pero no quiere a la chica, desea «poseerla») y ahí comienza la pugna; entonces, ¿para qué ir a ver algo tan manido? Buena pregunta que encuentra respuesta en la capacidad de englobar en dicha historia recursos que todos damos por «sabidos», pero que de la mano de los creadores de esta obra se convierten en una compleja reflexión sobre el proceso de las imágenes que, para bien o mal, han ido construyendo respuestas u opiniones en nuestra sociedad «del ocio».

      Así, es posible reflexionar en el curso de la representación de la obra sobre La guerra de las Galaxias, Matrix, La Máscara o El padrino; incluso sobre el papel de Woody Allen en la configuración de los personajes que ahora son «empáticos» al «gran público». Digo que es «posible» porque Glow! es, principalmente, una obra divertida y poderosa estéticamente: un lugar en donde pasarlo bien y en donde, además, podemos vernos en el espejo... si queremos.

      Para los que vivimos el teatro «undeground» (¿alguien se acuerda ahora del «Off Broadway»?), esta propuesta escénica es un chorro de aire fresco entre el cúmulo de experimentos dramáticos rutinarios propiciados por la cultura «oficial». Siempre habrá alguien, que como Kafka, cuente algo distinto de lo que, de manera aparente, vemos en El Castillo.

      Las arañas se pasean por el patio de butacas. Somos imágenes. O las imágenes nos han hecho lo que somos. Ustedes deciden. Entre las sombras del escenario alguien cantará Guantamera. Y el pobre «latino» (¿se dice así?) soñará con flotar entre los decorados construidos con toneladas de papel y miles de kilómetros de celuloide y el amor querrá triunfar entre los millones de dólares que caen desde el cielo.

      Sencillo, ¿verdad?

      POSDATAS: En esta obra, el español, el inglés, el francés, el alemán, el italiano y el yiddish, se entremezclan. Quizá han inventado una nueva lengua: el Glowish.

      El reparto se compone de catorce actores compuesto principalmente por Haim Znati, Nitzan Ayun y Aner Agiv, con el apoyo de algunos actores, denominados «invisibles», como Jonathan Liviatan, Itzhak Fachima, Chen Shtain o Liron Levy.

      Lior Kalfo creó este espectáculo en colaboración con David Ottone (Yllana) y Bernie Kukoff (productor del show de Bill Cosby).

      A toda la compañía, salud y felicitaciones.








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